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El Viernes Santo pasado, la artista urbana Tokischa publicó imágenes semidesnuda en el interior de una iglesia, con el cuadro de la Divina Misericordia de fondo. La reacción fue la esperada: indignación religiosa, defensa artística, trending topic, cobertura mediática, declaraciones de la artista. Todo en orden. Todo según el manual.

El problema no es moral. El problema es que ya lo hemos visto. Exactamente así. Con los mismos ingredientes, en el mismo orden, con el mismo desenlace. Lo que Tokischa presentó como expresión artística y postura espiritual es, en realidad, la reproducción fiel de una fórmula comunicacional que tiene más de tres décadas de historia documentada.

La pregunta no es si hay pecado. La pregunta es si hay originalidad.

La fórmula

Todo escándalo religioso protagonizado por una figura pública de la cultura popular obedece a una estructura reconocible. Sus componentes son invariables: un cuerpo transgressor, un espacio sagrado, una fecha de resonancia simbólica, una justificación artística o espiritual, y un cierre que reencuadra la crítica como incomprensión. Cinco piezas. Siempre las mismas cinco piezas.

El Viernes Santo es el amplificador. La iglesia es el escenario. El cuerpo semidesnudo es el detonador. El cortometraje de Karim Coppola es el paraguas institucional que eleva el acto de lo escandaloso a lo artístico. Y la declaración —“mi relación es con Dios, no con la religión”— es el escudo retórico perfecto: cierra el debate antes de que abra, porque convierte al crítico en intolerante y a la artista en creyente incomprendida.
Tokischa no inventó ninguna de estas piezas. Las heredó.

El archivo histórico: quiénes lo hicieron antes y mejor

Madonna, 1989. “Like a Prayer”.
Aquí nació el manual. El videoclip combinó iglesia gótica, cruces en llamas, un santo negro al que Madonna besaba en los labios, estigmas en las manos y una coreografía que oscilaba entre la liturgia y la sensualidad. Pepsi le había pagado cinco millones de dólares por su imagen. Los retiró a las 24 horas del estreno. El Vaticano emitió un comunicado. El video se convirtió en uno de los más vistos de la historia. Madonna no cedió terreno: enmarcó la controversia como una reflexión sobre la fe, la raza y el deseo. El escándalo era el producto. El videoclip era el vehículo.

Sinéad O’Connor, 1992. La foto del Papa

En Saturday Night Live, ante millones de televidentes, O’Connor rompió una fotografía de Juan Pablo II mirando directamente a la cámara y dijo: “Fight the real enemy.” No había iglesia, no había cuerpo, no había cortometraje. Solo el gesto y la frase. El acto fue más radical y menos calculado que el de Madonna —no tenía el andamiaje institucional del arte para protegerlo— y el coste fue proporcional: su carrera nunca recuperó la escala que tenía. Lo que el tiempo terminó por revelar es que tenía razón sobre los abusos en la Iglesia Católica irlandesa. El timing no era equivocado. Solo le faltaba el paraguas.

Lady Gaga, 2010. “Alejandro”

El videoclip mostraba a Gaga vestida de monja tridentina tragándose un rosario, encuadrada entre soldados con cruces militarizadas. El gesto era más estético que teológico, más provocación visual que argumento.

La Catholic League protestó. Gaga respondió con la misma estructura que Madonna: el arte como escudo, la espiritualidad como contexto. La fórmula ya estaba suficientemente establecida como para que nadie se sorprendiera. Eso debería haberle dicho algo.

Miley Cyrus, VMAs 2013

El caso Cyrus no es estrictamente religioso, pero pertenece al mismo linaje de provocación calculada en escenario de máxima amplificación. El twerking sobre Robin Thicke en los MTV Video Music Awards no fue un accidente de producción. Fue un ejercicio de reposicionamiento de marca ejecutado con frialdad quirúrgica: Miley necesitaba romper con la imagen de Disney y lo hizo en el evento más visto del año en su categoría demográfica. El escándalo fue el mensaje. El cuerpo fue el instrumento. El debate moral fue el vehículo de amplificación.

Sam Smith y Kim Petras, Grammy Awards 2023

La actuación de “Unholy” combinó imaginería infernal, jaulas, látigos, figuras demoníacas y una estética deliberadamente satánica. En el contexto del escándalo del entretenimiento, ya era difícil sorprender. Lo lograron. El senador republicano Ted Cruz tuiteó indignado. El clip se viralizó. El disco vendió más. El libro de jugadas no había cambiado desde 1989. Solo habían cambiado las plataformas.

Lo que Tokischa hizo (y lo que no hizo)

Tokischa tomó el manual, lo ejecutó con corrección técnica y lo sirvió en el mercado dominicano, que tiene menor umbral de saturación para este tipo de provocaciones. En ese sentido, la operación tiene sentido estratégico local. El problema es que no añadió nada. No hay un argumento nuevo. No hay una capa semántica que no hayamos procesado ya. El cuadro de la Divina Misericordia al fondo —“en ti confío”— es el detalle más inteligente de la producción, y aun así es un recurso que Madonna habría reconocido como propio.
La defensa espiritual —“mi relación es con Dios, no con la religión”— es, palabra por palabra, la misma estructura retórica que usó Gaga en 2010. No es plagio. Es que la fórmula ya no tiene variantes disponibles. Cuando el manual está tan codificado que la defensa también es parte del protocolo, el acto ha perdido su capacidad de ruptura real.
Lo que separa a Madonna de Tokischa no es la moral. Es que Madonna escribió el manual. Tokischa lo fotocopió.

La Semana Santa como escenario en declive

Hay una variable que el debate ignora sistemáticamente: la Semana Santa ya no es lo que era como espacio simbólico de máxima sacralidad colectiva. En la República Dominicana y en gran parte de América Latina y el Caribe, la semana mayor se ha convertido, progresivamente, en una combinación de turismo doméstico, playa, consumo y redes sociales. La fe persiste, pero comparte espacio con una cultura popular que ha reencuadrado el período como vacaciones con contexto religioso, no como pausa sagrada con concesiones recreativas.
Esto tiene una consecuencia directa sobre la eficacia del escándalo: a menor carga de sacralidad del escenario, menor impacto de la transgresión. Si el Viernes Santo ya no activa en amplios sectores de la audiencia el mismo registro de reverencia que activaba hace veinte años, el gesto de profanarlo pierde parte de su detonación simbólica. La provocación necesita un marco intacto para funcionar. Tokischa eligió un marco que ya está agrietado.
La paradoja es que la secularización progresiva del calendario religioso le quita eficacia a la provocación religiosa, precisamente porque le quita parte de su carga transgresora. Es difícil violar lo sagrado cuando lo sagrado ya está siendo negociado en el mercado cultural.
Desde el análisis de la comunicación estratégica, el caso Tokischa es interesante no por lo que produjo, sino por lo que revela. Revela que en el ecosistema mediático dominicano aún hay margen para activar fórmulas que en los mercados de entretenimiento anglosajón y europeo llevan décadas codificadas. Revela que la indignación religiosa sigue siendo el motor de amplificación más eficiente disponible para figuras de la cultura popular. Y revela que la defensa artística —el cortometraje, el director reconocido, la locación europea— sigue funcionando como escudo institucional suficiente para contener la crítica.
Lo que no revela es creatividad. No porque el cuerpo sea el problema. Sino porque la fórmula está tan agotada que incluso la defensa ya está incluida en el protocolo.
El debate sobre el pecado es el debate que ella quería. El debate que nadie está teniendo es el único que importa: en comunicación, lo que no sorprende no transforma. Solo hace ruido.

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