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Por Hasley Montero

Las marcas necesitan evolucionar. Especialmente una compañía como Google, cuyo ecosistema visual llevaba años prácticamente congelado. Pero el verdadero debate no está en el cambio en sí, sino en algo más profundo: la pérdida progresiva de diferenciación.

Antes del 2020, Google tenía una identidad extremadamente clara y funcional. Sus íconos podían reconocerse rapidísimo, incluso en tamaños pequeños. Parte del problema del antiguo rediseño de Workspace fue que construyeron un sistema de íconos basado en integrar los cuatro colores corporativos de manera obsesiva, lo que terminó haciendo que muchas apps comenzarán a parecerse demasiado entre sí. Justamente por la sobrecarga visual que generaba usar los mismos colores y estructuras en casi todas las apps muchísimas personas confundían fácilmente Gmail, Drive o Meet dentro de la pantalla.

Ahora Google intenta crear una experiencia más intuitiva visualmente: que cada aplicación pueda diferenciarse más rápido sin que el usuario tenga que detenerse demasiado a pensar cuál es cuál.

Y sí, visualmente los nuevos íconos se sienten más identificables, modernos y sobre todo más alineados con la estética digital actual. Y eso tiene sentido estratégico. Google no solo está rediseñando íconos: está intentando que la inteligencia artificial deje de sentirse como una herramienta aparte y empiece a percibirse integrada de manera natural en todo su ecosistema.

Los degradados funcionan como una especie de nuevo lenguaje visual para decir que “la IA ya vive dentro del producto”. Gemini ya utiliza esa estética brillante, translúcida y dinámica, y ahora Workspace empieza a heredarla poco a poco.

El problema es que esa decisión también empuja a Google hacia una tendencia peligrosa: el diseño está empezando a verse demasiado igual en todas partes.

Hoy muchísimas plataformas digitales empiezan a parecerse demasiado. Meta AI, Microsoft Copilot, Canva e incluso muchísimas startups nuevas están usando prácticamente el mismo lenguaje visual: degradados suaves, transparencias, bordes redondeados y colores difuminados que intentan transmitir creatividad, inteligencia y cercanía.

Y aunque esa estética funciona muy bien para representar una tecnología más “humana”, también hace que muchas marcas pierdan personalidad visual.

Y ahí está lo curioso: en el intento de verse más moderno y más alineado con la era de la inteligencia artificial, Google corre el riesgo de empezar a verse como todos los demás.

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