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Por: Lía Álvarez

Ser o decir no siempre es lo mismo, y en ese espacio entre los dos conceptos vive algo que en comunicación denominamos reputación, aunque podríamos llamarlo “lo que queda cuando la conversación termina”.

Hace poco, en República Dominicana una joven tomó una de las decisiones más personales de su vida, la celebró en privado, en el momento y como le pareció hacerlo. Días después, la muerte de un familiar cercano ocupó el espacio público. Alguien encontró las fechas de ambos acontecimientos, las conectó sin contexto, y construyó una narrativa amarillista. No hubo intención de informar, se impuso la prisa por decir y lo que siguió no fue una conversación; más bien se trató de una condena mediática cargada del peso conservador y cultural de nuestro entorno social.

Bauman describió la modernidad líquida como un estado donde nada tiene forma fija, donde todo fluye sin destino claro. La conversación pública en la actualidad, y en la mayoría de los casos, es exactamente eso: hablamos demasiado sin hacer nada y hacemos mucho más sin decirlo. En el medio, la reputación de una persona, una marca, una institución, construyéndose o destruyéndose sin que nadie la esté pilotando.

La reputación no vive donde creemos. No solo se encuentra en el comunicados de prensa ni en la entrevista bien preparada. Vive en la margen, en el espacio entre lo que se hace y lo que se dice, entre lo que se publica y lo que se interpreta. Es curioso como en los cuentos de la adolescencia siempre lo vemos y nunca lo aplicamos, como Cortázar, que lo entendía perfectamente. Sus mejores cuentos no ocurren en el centro de la acción, sino en los bordes, en lo que existe precisamente porque nadie lo está mirando. La reputación funciona igual, se construye o se destruye en la conversación que nadie pilotó, en la narrativa que llenó el vacío por ausencia de contexto.

Opinar sin fundamento no es un “desliz del momento” ni un error sin intención, es un acto con costo. Cuando una opinión infundada circula como dato, destruye confianza, y la confianza no tiene precio de lista, aunque reconstruirla cuesta. Relaciones que se enfrían, alianzas que se revisan, decisiones que se posponen. Todo en silencio, sin que nadie lo conecte con la conversación que lo originó. Desde antes de decidir estudiar esta carrera, siempre di mucho peso a la palabra, no sé si por un exceso de influencias, pero algo que tengo muy claro es que la palabra no es inocente, que viene cargada de capital simbólico. Pero en la era líquida, ese peso se democratizó sin que se democratizara la responsabilidad. Ahora todos tienen voz y pocos tienen contexto.

Entonces, la pregunta no es si tienes derecho a opinar, aquí lo debatible es si tu opinión está construida sobre algo o sobre la prisa de decir antes de que otro lo diga primero. Y la pregunta paralela, la que menos nos hacemos, es si lo que estás haciendo lo estás comunicando. Porque el vacío no espera, lo llena quien llegue primero, con o sin intención. Vivimos en una batalla narrativa constante.

Hablar sin saber y hacer sin decir ya no son descuidos. Son decisiones y, como toda decisión, tiene consecuencias que alguien termina pagando.

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