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La inteligencia artificial puede ser un asistente brillante, pero también un testigo poco confiable. Si su error llega a publicarse con la firma de un periodista o el membrete de un medio, quien pierde credibilidad no es la máquina.

La inteligencia artificial puede redactar una noticia en segundos, procesar miles de documentos y detectar patrones que escaparían a cualquier equipo humano. Pero todavía no puede ir al lugar de los hechos, cultivar una fuente, reconocer el temblor en la voz de quien oculta información ni responder por las consecuencias de una publicación. Esa diferencia -la responsabilidad- resume buena parte de la conversación que tuve con colegas periodistas en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC), durante el curso sobre periodismo e inteligencia artificial auspiciado por el Banco Santa Cruz.

Fue una experiencia especialmente valiosa porque nos permitió hablar de tecnología sin perder de vista el oficio. Más que presentar una sucesión de herramientas o anticipar escenarios futuristas, el propósito fue examinar qué está ocurriendo ya dentro de las redacciones, cómo están respondiendo los grandes medios y qué preparación necesitan los periodistas dominicanos para utilizar la inteligencia artificial con criterio profesional, límites éticos y sentido de oportunidad.

La conversación partió de un episodio que, visto desde hoy, parece remoto y al mismo tiempo premonitorio. El 17 de marzo de 2014, un temblor de magnitud 4.4 sacudió Los Ángeles. Antes de que el periodista y programador Ken Schwencke llegara a su computadora, Quakebot, un programa que él mismo había creado, ya había tomado los datos del Servicio Geológico de Estados Unidos y preparado una nota con la información esencial. Schwencke la revisó y la publicó. Apenas tres minutos después del sismo, la noticia estaba en línea.

Aquel caso, que entonces parecía una curiosidad, anunciaba una transformación mucho más profunda. Hoy la inteligencia artificial atraviesa prácticamente toda la cadena de valor del periodismo. Se utiliza para transcribir entrevistas, monitorear fuentes, revisar grandes volúmenes de documentos, producir borradores, resumir textos, proponer titulares, traducir contenidos, generar versiones de audio, personalizar portadas, recomendar lecturas y conocer mejor el comportamiento de las audiencias. Ya no es únicamente una herramienta añadida al trabajo periodístico, sino que comienza a convertirse en parte de su infraestructura.

Los ejemplos internacionales ayudan a entender la magnitud del cambio. Associated Press (AP) automatizó la elaboración de notas sobre resultados financieros y pasó de cubrir alrededor de trescientas empresas por trimestre a unas tres mil setecientas. The Washington Post desarrolló sistemas para producir actualizaciones automáticas y explorar grandes volúmenes de imágenes y videos. Bloomberg integró la automatización a su cobertura financiera, donde unos segundos pueden tener un enorme valor. Reuters, en cambio, concibió herramientas capaces de detectar anomalías y sugerir posibles ángulos a sus periodistas.

Detrás de estos casos aparecen tres maneras de incorporar la inteligencia artificial: automatizar lo repetitivo, asistir la búsqueda y ampliar el criterio humano. Ninguna elimina por sí sola al periodista. Lo que hacen es desplazarlo hacia tareas de mayor valor: investigar, contrastar, preguntar, interpretar y decidir. Ese desplazamiento, sin embargo, no ocurre de forma automática ni siempre produce buenos resultados. Requiere formación, estrategia y reglas editoriales claras.

Adopción y gobernananza de IA

Uno de los puntos centrales del intercambio en INTEC fue precisamente la distancia que existe entre adopción y gobernanza. Las redacciones incorporan aplicaciones de inteligencia artificial con rapidez, pero no siempre cuentan con políticas institucionales, protocolos de verificación o programas sistemáticos de capacitación. Es una combinación peligrosa: herramientas potentes en manos de profesionales que quizás aún no conocen bien sus límites, y organizaciones que todavía no han definido qué usos permiten, cuáles prohíben y cuáles deben revelar a sus audiencias.

La formación, por tanto, no puede reducirse a aprender a redactar instrucciones eficaces. Un periodista necesita comprender cómo se genera el contenido sintético, por qué los modelos pueden inventar datos y citas con aparente seguridad, qué información no debe introducirse en una plataforma y cómo verificar cada resultado contra las fuentes originales. La inteligencia artificial puede ser un asistente brillante, pero también un testigo poco confiable. Si su error llega a publicarse con la firma de un periodista o el membrete de un medio, quien pierde credibilidad no es la máquina.

Esta preparación resulta todavía más urgente ante la expansión de imágenes, audios y videos falsos. El contenido sintético ya forma parte de campañas de desinformación, fraudes y operaciones de propaganda. En ese escenario, el periodismo vuelve a ocupar una función esencial: actuar como aduana de la realidad. Para distinguir lo verdadero de lo fabricado no basta con la intuición. Se necesitan nuevas destrezas técnicas, métodos de verificación y una cultura profesional que desconfíe de la facilidad con que una herramienta puede producir una respuesta convincente.

También conversamos sobre una dimensión menos visible, pero determinante: el impacto de la inteligencia artificial sobre el modelo de negocio de los medios. Los resúmenes generados por buscadores y asistentes reducen la necesidad de que el usuario visite la página donde se originó la información. El medio investiga, verifica y publica; la plataforma sintetiza; el lector recibe la respuesta sin hacer clic. Se debilita así una fuente de tráfico e ingresos que sostuvo durante años buena parte del ecosistema digital.

La respuesta no puede ser únicamente tecnológica. Los medios necesitan reconstruir la relación directa con sus comunidades mediante suscripciones, boletines, aplicaciones propias y productos que hagan de la confianza una razón para regresar. En un entorno saturado de contenido automático, la credibilidad puede convertirse en el principal activo competitivo del periodismo. No porque la tecnología carezca de valor, sino porque cuanto más fácil sea producir información aparente, más valiosa será la información comprobada.

Experiencia en AL

América Latina ofrece experiencias alentadoras. Chequeado, en Argentina, desarrolló herramientas para detectar afirmaciones verificables en el discurso público. Aos Fatos, en Brasil, acercó verificaciones a sus lectores mediante un bot. Ojo Público, en Perú, aplicó algoritmos al análisis de contrataciones y riesgos de corrupción. Son proyectos construidos con recursos más limitados que los de las grandes corporaciones internacionales, pero con una idea muy clara del problema que querían resolver. La lección es importante: la innovación periodística no depende solamente del presupuesto; depende del foco, el propósito y la preparación del equipo.

En República Dominicana ya existen aproximaciones a la inteligencia artificial desde los medios, las universidades y otras instituciones. Algunas iniciativas han puesto el acento en avatares, presentadores sintéticos o recuperación de archivos. Son pasos que deben reconocerse. Sin embargo, la oportunidad más transformadora está todavía en la sala de máquinas: análisis de datos públicos, verificación automatizada del discurso, investigación asistida, sistemas de alerta y políticas editoriales transparentes que permitan a la audiencia saber cuándo y cómo intervino una herramienta de inteligencia artificial.

Por eso tuvo especial sentido que esta conversación ocurriera en INTEC y contara con el auspicio del Banco Santa Cruz. La articulación entre academia, empresa y periodistas puede crear espacios de aprendizaje que las redacciones, absorbidas por la urgencia cotidiana, no siempre consiguen sostener por sí solas. La universidad aporta método y reflexión; el sector privado puede respaldar la formación y la innovación; los periodistas aportan experiencia, preguntas, conocimiento del terreno y la conciencia de que cada decisión editorial tiene consecuencias públicas.

Mi impresión al compartir esta jornada es que el debate más útil ya no consiste en preguntar si la inteligencia artificial sustituirá al periodista. Esa formulación nos encierra entre el miedo y la fascinación. La pregunta relevante es quién decidirá cómo se utiliza en las redacciones, con qué propósito, bajo qué controles y al servicio de qué idea del periodismo. Si los profesionales no se forman, esas decisiones quedarán exclusivamente en manos de proveedores tecnológicos, gerentes o algoritmos cuyos criterios no necesariamente coinciden con los valores del oficio.

Formarse tampoco implica rendirse ante la tecnología. Significa ganarse el derecho a gobernarla. Supone aprender a delegar tareas mecánicas sin entregar el juicio a la IA; aprovechar la velocidad sin sacrificar la verificación; utilizar la capacidad de síntesis sin perder el contexto; y convertir el tiempo liberado en mejor reportería, más investigación y preguntas de esas que disgustan al poder en todas sus manifestaciones.

El periodismo no podrá competir con las máquinas en volumen, memoria o velocidad. Tampoco necesita hacerlo. Su terreno sigue siendo el de la verdad verificada, el contexto que permite comprender, la vigilancia del poder y la responsabilidad frente a la sociedad. La inteligencia artificial predice palabras; el periodista responde por ellas. En INTEC, junto a colegas que conocen el valor y las exigencias de este oficio, confirmé que esa diferencia no es un detalle; es el centro de todo.

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