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El 21 de septiembre de 2026, una cuenta anónima de X con apenas un centenar de seguidores publicó dos hilos en los que afirmaba que una novela del escritor canadiense de origen haitiano Thélyson Orélien, había sido desarrollada casi por completo con inteligencia artificial. 

La obra “Era eso o morir” fue el fenómeno del regreso a clase en Francia y había vendido en pocas semanas miles de ejemplares. Publicado en Canadá por Boréal en marzo y en Francia por Grasset en agosto, cuenta la huida de un profesor haitiano desde Puerto Príncipe hasta Canadá. Acababa de recibir el prix Fnac y figuraba en las selecciones de los premios Goncourt, el Médicis y el Fémina.

Cuatro días después, la Academia Goncourt lo retiró de su lista de dieciséis títulos. Entre una fecha y otra, los hilos sumaron más de cuatro millones de vistas, aparecieron denuncias de plagio sobre textos de 2012 y 2013, Boréal suspendió la promoción y el autor interrumpió su gira por Francia para volver a Quebec. 

Nadie ha demostrado de forma concluyente que Orélien usara IA, y él lo niega. Ese dato, el más importante, fue el que menos viajó en los titulares. Asi es la narrativa algorítmica, que visibiliza por encima de todo la emoción, la controversia, la polarización. Pero, lejos de hundirse, las ventas de ejemplares pasaron de 12,506 ejemplares el 21 de septiembre a 18,254 el día 27.

La acusación se apoyó en Pangram, un programa al que la prensa atribuye la menor tasa de falsos positivos del mercado. Otros detectores aplicados a pasajes del mismo libro dieron resultados que iban del cero al cien por ciento, según el extracto y la herramienta. Escritores como Thomas B. Reverdy han establecido que Pangram marca como IA a Víctor Hugo y la Carta a los Corintios de la Biblia.

Grasset habló de rumores y de campaña de odio, y recordó que los detectores son también sistemas de IA, capaces de conclusiones absurdas. La academia invocó el resultado convergente de varios análisis y concluyó que la novela era, “muy probablemente”, en gran parte obra de una máquina. Un texto, a diferencia de una imagen, no lleva marca verificable de origen, y por eso la discusión técnica no tiene árbitro.

Queda una desproporción que sí se puede describir. Acusar costó un hilo en una red social. Defenderse exige probar una negativa, y ninguna herramienta actual permite hacerlo con rigor. Cuando la inocencia no puede demostrarse, la reputación depende de quién cuente primero la historia.

A lo técnico se sumó pronto la lectura política. Orélien atribuye la acusación a un sesgo racial y dice haber sufrido ataques racistas desde que llegó a Francia. En un debate televisivo en Senegal, el escritor Ibrahima Fall preguntó si se le acusa de escribir con IA o de escribir como una IA, puesto que la anáfora y la repetición son figuras propias de la literatura negro-africana. 

El acusador resultó ser Samuel Fitoussi, ensayista de 29 años,  y columnista de Le Figaro, que dio la cara el mismo día de la exclusión y explicó su gesto por el temor a que la IA acabe con la lectura y la escritura. Mediapart señaló que periodistas de medios de derecha ayudaron a amplificar la polémica. Una denuncia puede ser legítima y servir además a una causa ideológica. Cuando ocurre, el público empieza a juzgar también a quien acusa.

Es el primer caso de este tipo en el medio literario francés, que carecía de reglas colectivas sobre IA. La academia explicó que quería enviar un mensaje a los participantes del premio y a los jurados de lectores, estudiantes y detenidos, y dejó claro que no respalda textos creados con ayuda de esta tecnología. Fijó así una norma que no existía y lo hizo a través de un autor concreto. 

El mensaje llega en dos direcciones. A los escritores les advierte que la asistencia tecnológica puede costarles un premio. A los acusadores les enseña que una denuncia bien lanzada puede alterar el calendario de un galardón con más de un siglo.

No sabemos cuánto pesó cada elemento en la decisión. La academia cita varios análisis y las acusaciones de plagio, que según los periódicos La Presse y Libération apuntan a un cuento de 2012 con pasajes de Louis Pauwels y a un artículo de 2013 copiado de The Philippine Star. 

Lo deliberado a puerta cerrada no es público, y atribuir el desenlace a una sola causa sería más cómodo que cierto. Lo documentado es una secuencia de cuatro días: un detonante en redes, un segundo frente por plagio dos días después y una institución que actuó antes de que existiera una evidencia aceptada por las partes.

¿Qué debe hacer un escritor que se vea en esa situación? La experiencia de estos días ofrece una guía. Lo primero es el archivo: borradores fechados, historiales de versiones. Google Docs registra de manera automática y detallada cada intervención que se realiza en un documento, con su fecha y hora. También puede apelar a correspondencia con el editor y cuadernos de notas. Orélien afirma haber empezado el manuscrito en 2017 y terminado una primera versión en 2019, una cronología que solo convence si hay material que la respalde.

Es conveniente también tener una postura propia sobre las herramientas de IA, cuáles se usan, para qué y cómo se declaran, porque la ambigüedad sale cara cuando es otro quien fija el umbral. Es, además, importante revisar la obra anterior antes de que lo haga un tercero, ya que la acusación de IA abrió la puerta a textos de hace más de una década.

Grasset habló de campaña de odio y renovó su confianza absoluta en el escritor, mientras Boréal pasó de la confianza a suspender la promoción “en nombre del bienestar del autor”. Esa distancia entre dos casas editoras le dio a la prensa una grieta por donde entrar. 

Un autor y su entorno necesitan decir lo mismo y decirlo una sola vez, con claridad sobre lo que saben y lo que ignoran. Necesitan además elegir el terreno: responder detector contra detector convierte a la herramienta en árbitro, y atacar a quien denuncia traslada el debate del hecho a la persona sin resolver nada.

Editoriales, agentes y libreros deberían acordar un protocolo antes de que llegue la tormenta, que diga quién habla, qué se afirma con certeza y qué se admite como desconocido. Hoy cada eslabón improvisa: varios libreros franceses mantienen el libro en vitrina con una nota de lectura y otros frenaron su venta. Las instituciones harían bien en publicar de antemano qué consideran uso aceptable y qué prueba exigirán, porque decidir en caliente con herramientas discutidas es la forma más rápida de volverse parte del conflicto.

Los escritores tienen motivos para preocuparse, y el primero es práctico. Acusar es barato, rápido y viral. Defenderse es lento y costoso. Todo autor con éxito reciente reúne las condiciones de blanco de ataque: visibilidad, un estilo reconocible y un texto que puede pasar por un detector. 

El segundo motivo toca al oficio. Si el ritmo, la repetición y la oralidad empiezan a leerse como huella de máquina, el estilo se vuelve indicio, y los autores de tradiciones orales o de prosa muy marcada cargarán con una sospecha previa. Quien ha pasado años depurando una voz podría verla tratada como síntoma.

Fitoussi sostiene que existe una hipocresía general en un medio donde se finge no usar IA, y el editor Abdoulaye Diallo, de L’Harmattan, comparó en el debate senegalés la IA con los diccionarios de los grandes escritores. Si ambos aciertan en algo, la frontera entre asistencia y autoría se está trazando caso por caso, a golpe de escándalo. Falta una respuesta que nadie ha dado: qué debe poder demostrar un autor para que le crean, y quién lo decidirá antes de la próxima acusación.

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