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En el caso SENASA, más allá de lo judicial, hay un problema de narrativa

Y en comunicación de crisis, la narrativa no es maquillaje: es la forma en que el poder reconoce, explica y corrige.

El primer error ha sido  negar o minimizar. Cuando un gobierno dice “no hay problema” y luego el problema estalla, pierde el control del relato y, peor aún, la confianza. 

En temas de salud, la negación siempre se paga caro.

El segundo error ha sido  comparar. Comparar con otros gobiernos, con otros casos, con otros tiempos. 

En la mente del ciudadano eso suena a excusa. Y en crisis sociales graves, explicar no es lo mismo que justificar. 

Cuando hay personas afectadas, tratamientos interrumpidos y vidas en juego, la gente no quiere contexto histórico: quiere responsabilidad y soluciones.

El tercer error es el lenguaje. Decir que alguien “permitió” un sometimiento abre un flanco innecesario: si alguien permite, entonces alguien controla. 

Y eso choca directamente con el discurso de independencia institucional que el propio gobierno ha defendido.

¿Qué debió hacerse distinto? Primero, reconocer el fallo del sistema sin rodeos.

Segundo, poner a las víctimas en el centro, no a los argumentos.

Y tercero, hablar de corrección estructural, no de méritos políticos.

En crisis, los gobiernos no se evalúan por no impedir un proceso judicial, sino por qué tan rápido reconocen el daño, qué tan profundo corrigen y cuántas consecuencias reales se producen.

En salud pública, la narrativa correcta no es heroica. Es responsable. Y esa diferencia, en términos de reputación, lo cambia todo.

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