La política contemporánea ha comenzado a parecer menos una estructura institucional y más a una disputa permanente por la atención. La escena no es enteramente nueva. Mucho antes de TikTok, YouTube o X, el poder ya había descubierto el valor político de la fama. Lo novedoso no es que figuras del entretenimiento entren a la política, sino que hoy pueden hacerlo sin atravesar los filtros clásicos de partidos, medios o élites intelectuales.
En el siglo pasado, varios líderes construyeron capital político desde la celebridad analógica. Joseph Estrada, en Filipinas, convirtió el carisma cinematográfico en legitimidad popular. El actor que interpretaba héroes de los pobres llegó a la presidencia prometiendo representar precisamente a esos sectores olvidados.
Arnold Schwarzenegger hizo algo similar en California, aunque desde un molde distinto: el de la celebridad global convertida en gestor pragmático. Michel Martelly, en Haití, trasladó la popularidad musical al discurso de reconstrucción nacional tras el terremoto de 2010. Ninguno gobernó únicamente con improvisación. Todos intentaron reformas concretas. Pero también chocaron con la misma realidad: el carisma moviliza, aunque no sustituye la complejidad institucional.
La diferencia del presente es tecnológica y cultural. Las redes sociales ponen e jaque a los intermediarios que no se reinventen. Antes, inevitablemente, un político necesitaba periódicos, cadenas de televisión y estructuras partidarias para construir legitimidad. Sigue necesitando estas instancias de poder mediático y de “agenda setting”, pero hoy también puede hablar directamente con millones de personas desde un teléfono.
Ese fenómeno ha dado origen a lo que investigadores denominan “liderazgo epistemológico”, que es la capacidad de influir sobre lo que la gente considera verdad, incluso por encima del conocimiento técnico o especializado. La autoridad ya no depende únicamente de experiencia, trayectoria o institucionalidad, sino también de conexión emocional, permanencia algorítmica y capacidad narrativa. El “influencer” político no solo comunica; también crea una comunidad interpretativa. Su audiencia no consume información, sino que participa de una identidad compartida. Ahí reside el verdadero poder de la desintermediación digital.
Por eso Nayib Bukele representa un punto de inflexión histórico. Gobernar desde redes sociales dejó de ser una metáfora. Bukele convirtió X en oficina presidencial, moldeó una estética política adaptada a los algoritmos y construyó una narrativa de eficacia inmediata frente al desgaste del sistema tradicional. Sus resultados en seguridad son difíciles de ignorar, pero también lo son las advertencias sobre concentración de poder y debilitamiento institucional.
Volodímir Zelenski muestra otro rostro del fenómeno. Su origen como actor y figura televisiva parecía, para muchos, una anomalía política. Sin embargo, terminó liderando una de las transformaciones digitales más profundas del Estado moderno. La plataforma Diia convirtió a Ucrania en referencia mundial de gobierno digital y terminó siendo crucial incluso durante la guerra. Allí el liderazgo nacido de la cultura mediática produjo una modernización institucional tangible.
Javier Milei ofrece una tercera variante: el político viral. Su crecimiento no dependió de estructuras territoriales clásicas, sino de una circulación masiva de clips, debates televisivos y contenido fragmentado en plataformas digitales. El algoritmo sustituyó con él parte del trabajo territorial tradicional.
No todos los experimentos funcionan
Pero no todos los experimentos funcionan. Colombia ha mostrado el límite de esta lógica. Influencers como Felipe Saruma o “Pechi Player”, pese a contar con audiencias millonarias y altos niveles de reconocimiento digital, no lograron traducir su notoriedad en representación electoral efectiva. El caso resultó revelador: millones de reproducciones, tendencias constantes y comunidades virtuales activas no necesariamente construyen estructura política, liderazgo territorial ni disciplina electoral.
La República Dominicana observa este fenómeno con una mezcla de fascinación y negación. Nos gusta repetir que poseemos partidos sólidos, estructuras históricas y una cultura política relativamente estable. Sin embargo, comienzan a emerger figuras capaces de movilizar audiencias masivas fuera de los mecanismos tradicionales. Entes comunicacionales que construyen influencia mediante esquemas de desintermediación total, alteran el estado de opinión y obligan a dirigentes tradicionales a acudir a sus plataformas en busca de validación pública.
Ese detalle importa más de lo que parece. Cuando ministros, legisladores, aspirantes presidenciales o empresarios sienten la necesidad de pasar por ciertas tribunas digitales para legitimarse frente a la ciudadanía, el centro de gravedad del poder empieza lentamente a desplazarse. Ya no es únicamente el partido quien distribuye la legitimidad. También lo hace quien domina la conversación.
Ahí aparece la pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando el prestigio institucional deja de competir contra ideas y comienza a hacerlo contra métricas de atención? La política tradicional todavía conserva maquinaria, recursos y estructura territorial. Pero las nuevas plataformas poseen velocidad emocional, capacidad de viralización y una conexión cotidiana con sectores que sienten distancia frente al lenguaje político convencional.
El fenómeno no necesariamente implica el colapso inmediato del sistema democrático. Tampoco garantiza renovación. Puede producir reformas útiles, modernización estatal y nuevas formas de participación. Pero también puede derivar en personalismos extremos, debilitamiento de controles y una política convertida en espectáculo permanente.
La discusión de fondo que deseo plantear no trata realmente sobre “influencers.” Es de representación, sobre quién interpreta el malestar colectivo y quién logra canalizarlo emocionalmente. Y en esa dimensión, la conversación digital parece estar revelando algo que las encuestas tradicionales todavía no alcanzan a medir del todo.
Quizás exista un cansancio más profundo de lo que admiten los estudios convencionales: fatiga frente a la corrupción recurrente, desencanto con promesas incumplidas y rechazo silencioso hacia una política percibida cada vez más corporativizada y distante. Las encuestas clásicas dirán probablemente que el sistema conserva estabilidad. El diálogo digital masivo, en cambio, empieza a insinuar otra cosa: debajo de la aparente normalidad política dominicana podría estar formándose una ruptura cultural cuyos efectos todavía no terminamos de comprender.