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Por Laurelis Montero

En estos días empecé a ver una novela mexicana. Entre muchas cosas, aparece una empresa cervecera dirigida por varios accionistas. Uno de los accionistas mayoritarios murió y su esposa heredó sus acciones: una mujer muy hermosa, como suele mostrarse en este tipo de historias, pero sin carrera profesional, experiencia laboral ni antecedentes de haber trabajado alguna vez.

Sin embargo, era necesario que ella ingresara a la empresa para hacerse cargo de las acciones heredadas. Cuando le preguntaron al accionista mayoritario en qué área la colocarían, tomando en cuenta su falta de experiencia y preparación, este respondió que la pusieran como jefa de Relaciones Públicas. ¿Por qué? Nunca lo explicó. Aunque se trata de una escena actuada, esa decisión me hizo sentarme a reflexionar sobre la carrera que aparece en mi título universitario.

Las relaciones públicas, aunque fundamentales para las empresas, todavía cargan con prejuicios y estereotipos. Con frecuencia son vistas como una carrera “para mujeres”, especialmente para esposas de dueños o accionistas que simplemente desean trabajar o mantenerse ocupadas.

Existe la percepción errónea de que es una profesión que no requiere preparación, análisis ni esfuerzo; que basta con “verse bonita”, organizar eventos o alimentar egos. Esa visión no solo es injusta, sino también peligrosa para las empresas que subestiman el valor estratégico de esta área.

Las compañías que ponen sus relaciones públicas en manos inexpertas corren el riesgo de desaparecer del mapa mediático y debilitar su reputación. No se trata de un departamento de relleno para justificar presupuesto, sino de un área clave para fortalecer la visibilidad, la credibilidad y la presencia institucional de una organización.

Además, las relaciones públicas juegan un papel esencial en la responsabilidad social y la sostenibilidad empresarial. Son una herramienta importante para apoyar y comunicar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y las iniciativas de impacto social que desarrollan las empresas. No solo contribuyen a proyectar esas acciones, sino también a conectar a las organizaciones con la sociedad y generar confianza.

Aunque desde fuera pueda parecer sencillo, las relaciones públicas requieren diagnóstico, investigación, planificación y diseño de estrategias. No consisten únicamente en crear eventos atractivos o manejar redes sociales; implican gestionar uno de los activos intangibles más importantes de cualquier empresa, que es su reputación.

Sin embargo, películas, novelas y series han contribuido a reforzar la idea de que las relaciones públicas son una profesión superficial, reservada para mujeres “sin mucho que hacer”. Esa representación distorsiona una disciplina que exige criterio, capacidad de análisis, manejo de crisis, comunicación estratégica y comprensión del entorno social y empresarial.

Como defensora empedernida de mi carrera profesional, puedo decir que las relaciones públicas no son un capricho ni una profesión decorativa, sino una disciplina que requiere preparación, visión estratégica y una gran responsabilidad.

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