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Por Laurelis Montero.

Yo trabajo en mi área desde muy joven. Pero cuando me gradué, no fue una ni dos personas las que me dijeron: “y ahora a buscar trabajo en tu área”, a pesar de que esas mismas personas sabían que ya estaba trabajando en comunicaciones.

Para ellos, trabajar en mi área significaba verme en un noticiario dando noticias, siendo reportera o firmando en un periódico. Es decir, siendo visible.

Me costó explicar (y todavía me cuesta, ya me he resigné) que el área que elegí es muy diferente, es más inédita, menos visible, pero no por eso menos profesión.

Me atrevo a decir que todos los que estudiamos comunicación corporativa o relaciones públicas nos pasamos la vida explicando qué hacemos, cómo lo hacemos y qué realmente aporta nuestra carrera.

Nuestros amigos y familiares no siempre están familiarizados con el término, y menos con la labor diaria que realizamos. Para muchos, esto sigue siendo “periodismo”, porque se trata de comunicación.

Ahí es donde empieza mi inquietud. Me siento, me tomo una tacita de café y me pongo a responderme todas las preguntas que me hacen sobre lo que hago. Incluso he llegado a cuestionarme, en algún momento, si realmente es importante.

Sin embargo, cuando hago un “refresh” de todo lo que he vivido profesionalmente, los fuegos apagados en que he participado, los resultados logrados en cada evento, las estrategias de comunicación implementadas y el impacto de la responsabilidad social en la reputación de las empresas, la respuesta es clara: sí, es importante.

La reputación de una empresa es su activo intangible más valioso. Una organización sin buena reputación simplemente no prospera. La buena reputación atrae clientes, y los clientes generan crecimiento.

Y esa reputación no se construye sola. Se gestiona desde un equipo que no siempre es visible. Sino que es el que define mensajes clave, el que decide cuándo hablar y cuándo es mejor guardar silencio, el que escucha al público para dar respuestas oportunas y estratégicas.

La comunicación estratégica juega un papel fundamental en la operación de cualquier empresa. Las organizaciones que no cuentan con un equipo de comunicación permanente corren el riesgo de perder posicionamiento con el tiempo.

Hoy muchas marcas han apostado por las redes sociales como su principal canal de comunicación, incluso pagando a influencers para hablar de ellas. Y en muchos casos, el resultado no es el esperado. 

Lo importante aquí es entender que el comunicador social no es solo quien escribe en un medio o quien tiene un micrófono en la mano. 

También es ese perfil silencioso que apaga incendios cuando es necesario, que prepara y acompaña a los voceros, que construye discursos, que prepara eventos, que sostiene la reputación desde atrás. Es una carrera inédita, poco visible, pero profundamente decisiva. Una de esas profesiones que no siempre se ven, pero siempre se sienten.

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