En una rueda de prensa sobre la reforma al Código Penal, el presidente de la Cámara de Diputados, Alfredo Pacheco, recibió una pregunta del comunicador Eduardo Sánchez Tolentino (El Piro), que empezaba con la fórmula “de tigre a tigre”. Pacheco no respondió al fondo de la pregunta. Respondió a la palabra. “No acepto que me diga esa palabra. Si usted quiere buscar views, búsquelos”, dijo, y con eso bastó.
En pocas horas, esa frase circulaba fragmentada, remixada y convertida en estribillo, mientras la pregunta que la había provocado -¿por qué el Congreso abría ahora un espacio de revisión que semanas antes había descartado?- pasaba a segundo plano para la mayoría de quienes comentaban el clip.
No fue un mal día cualquiera. Fue la prueba, en vivo, de que un portavoz con años de trayectoria y una biografía política sólida puede perder el control de una narrativa en menos de un minuto cuando el terreno donde se mueve ya no es el que lo formó. Pacheco aprendió a hacer política pública en el circuito de los medios tradicionales, el que W. Timothy Coombs describe, en su teoría situacional de la comunicación de crisis, como un entorno de relativamente pocos emisores acreditados, con un editor de por medio y horas de margen entre el hecho y su publicación.
Ahí Pacheco es un comunicador competente: sabe leer a un periodista de prensa escrita, sabe cuándo una evasiva institucional cierra una nota y cuándo la abre. El problema es que El Piro no pertenece a ese circuito, y no necesita pertenecer a él. Opera en lo que Nick Couldry y Andreas Hepp llamaron la profunda mediatización, un régimen donde la plataforma ya no distribuye un mensaje elaborado por un editor, sino que define ella misma qué cuenta como acontecimiento comunicable. Ahí el entrevistador es a la vez reportero, editor y métrica de su propio alcance.
Frente a esto, el reflejo que a Pacheco le había servido durante dos décadas, desplazar la pregunta hacia la supuesta mala fe de quien la formula, no desactivó nada. Le entregó al régimen que pretendía desacreditar el material perfecto: una frase corta, con negación, con cadencia repetible. La corrección casi nunca alcanza a la inercia.
Hay un elemento del caso que las lecturas más superficiales, incluida buena parte de la conversación que generó en redes, dejaron pasar y que agrava el análisis sobre Pacheco como portavoz. En su respuesta descalificó la presión de calle, los cacerolazos, la amenaza de concentración en la Plaza de la Bandera, como el verdadero motor detrás de la apertura del Congreso a revisar el Código Penal, dando a entender que esa presión no era un insumo legítimo sino una distracción que había que nombrar con sorna.
La ironía es que ese mismo instrumento, el cacerolazo como forma de protesta capaz de erosionar a un gobierno, fue central en la estrategia con la que el propio Partido Revolucionario Moderno construyó su ascenso frente al PLD. Un partido que llegó al poder capitalizando el malestar de la calle no puede tratar como ilegítima esa misma forma de protesta cuando ahora apunta contra él, sin pagar un costo narrativo alto. Ese tipo de contradicción, un público hiperconectado la detecta, la archiva y la redistribuye rápido: ni siquiera hizo falta que El Piro la señalara, porque la propia audiencia se encargó de reconstruirla en los comentarios, muchas veces citando episodios previos de la carrera de Pacheco como evidencia de doble moral. Ese fue, probablemente, el daño reputacional más profundo del episodio, por encima del meme del tigre. No fue la incomodidad ante una palabra, sino la percepción de que el mismo instrumento de presión ciudadana cambia de valor moral según quién lo use.
Ahí hubo un doble fracaso: uno táctico, sobre la palabra, y otro estratégico, sobre la coherencia histórica. Ambos ilustran lo que en Mediáticos venimos trabajando bajo el concepto de Ventana Narrativa Cero, el margen breve en el que un actor todavía puede imponer su propio encuadre antes de que el relato dominante se fije. Esa ventana ya estaba cerrada antes de que Pacheco hablara. La reforma llevaba días circulando bajo la etiqueta de “ley mordaza”, una embajada extranjera había advertido sobre riesgos a la libertad de expresión, y las redes se movilizaban.
Un portavoz de espectro completo habría identificado esa sospecha acumulada como el verdadero contenido de la pregunta, incluida la sospecha sobre la coherencia de su propio partido con las protestas, y habría dirigido su primera frase a nombrarla en sus propios términos, en vez de impugnar a quien la formulaba. Es la operación que en otro lugar hemos descrito como robarse el trueno: decir primero, y con las propias palabras, lo que el crítico de todas formas va a decir. Pacheco hizo lo contrario, dos veces: descalificó al mensajero y desestimó la protesta que lo había puesto, en primer lugar, en la posición de tener que dar explicaciones.
La lección no es que Pacheco debió cuidar su vocabulario. El vocabulario fue apenas el síntoma visible de un desajuste más de fondo: el de un portavoz que sigue leyendo el escenario con las categorías de un ecosistema mediático que ya no es el único que importa, y que además olvidó que su propia biografía política lo obliga a un estándar de coherencia sobre la protesta ciudadana que otros actores, sin ese pasado, no tendrían que sostener.
En el régimen algorítmico no hay editor que amortigüe el gesto defensivo ni corte que oculte la contradicción histórica. Todo, la palabra, el tono, la memoria colectiva del público, compite ahí mismo, en el momento, contra quien llega sin haber hecho antes el trabajo de leer el terreno completo sobre el que va a hablar.
Lecciones aprendidas
Con base en el caso Pacheco y en el marco que venimos trabajando, estas son las lecciones que se desprenden para cualquier político que siga operando con reflejos de la era pre-algorítmica:
- La forma ya no es secundaria al fondo; es parte del fondo. En el régimen algorítmico no hay editor que separe el gesto, el tono o la sonrisa mal calculada del contenido de la respuesta. Todo eso se vuelve, en sí mismo, el mensaje que circula.
- Descalificar al mensajero nunca desactiva la historia; la alimenta. Cuestionar la motivación de quien pregunta no cierra el ciclo narrativo; le da al algoritmo exactamente el fragmento corto, emocional y repetible que necesita para viralizarse.
- La Ventana Narrativa Cero se cierra antes de que el portavoz llegue al podio. Si el clima social ya instaló una sospecha, presión de calle, doble moral, desconfianza acumulada, esa sospecha es el verdadero contenido de cualquier pregunta hostil, aunque venga disfrazada de otra cosa.
- Anticiparse sigue siendo la única jugada disponible. Nombrar la objeción antes de que la nombre el crítico, y hacerlo en los propios términos, es la diferencia entre controlar el encuadre y quedar atrapado dentro del que impuso otro.
- La biografía no protege: se vuelve material reutilizable en contra. Una trayectoria política larga no es un escudo automático; el público la usa como archivo para detectar contradicciones, y esas contradicciones producen más daño reputacional que el desliz original.
- La coherencia histórica se audita en tiempo real. Si un actor político legitimó una herramienta de presión ciudadana en el pasado (cacerolazos, protestas) para llegar al poder, no puede deslegitimarla cuando esa misma herramienta se vuelve contra él sin pagar un costo narrativo alto.
- La corrección posterior casi nunca alcanza a la inercia del fragmento viral. Una aclaración serena, días después, compite en desventaja estructural contra nueve segundos de video cargados de emoción y fáciles de remixar.
- El interlocutor no institucional no pide permiso para entrar al terreno de juego; ya trae el suyo propio.Tratar a un creador de contenido con las categorías de un periodista de redacción tradicional es, en sí mismo, un error de lectura del escenario.
- El registro discursivo debe leerse antes de subir al estrado, no improvisarse ahí. Responder con lenguaje de comunicado institucional a una pregunta formulada en clave de oralidad popular y confrontación directa produce un desajuste que el público percibe de inmediato, incluso antes de procesar el argumento.
- Cambiar de chip no es aprender jerga digital; es aceptar una pérdida de control. El portavoz de la era algorítmica ya no decide cuándo termina la conversación ni quién la edita; su tarea es prepararse para hablar dentro de un sistema que no controla, no fuera de él.